jueves, 22 de septiembre de 2016

LOS CORTOS DE ANIMACIÓN DE REIN RAAMAT

Rein Raamat (n. 1931) es un cineasta y animador de Estonia, país que alguna vez formó parte de la Unión Soviética.  Su obra se compone de poco más de veinte documentales y poco menos de veinte cortometrajes de animación, realizados con un dibujo cuidadoso y sugerente. Maestro en la creación de atmósferas y en la deformación caricaturesca, es continuador de la gran tradición de la animación de autor europea. Sus cortos son verdaderas pinturas en movimiento.

Põrgu
(1983. INFIERNO)
Fantasía diabólica inspirada en la obra gráfica del artista estonio Eduard Viiralt (o Wiiralt, 1898-1954).

Kerjus
(1985. EL MENDIGO)
El menos violento de los cortos presentados en esta mini selección. El valemadrismo de los humanos y la fidelidad de los perros.

Suur Tõll
(1980. TÕLL EL GRANDE)
Leyenda de Tõll el grande, un gigante que, según la mitología estonia, vivió en la isla de Saaremaa y ayudaba a sus habitantes cuando había guerra.

Linn
(1988. CIUDAD)
Con un dibujo en blanco y negro que recuerda los grabados expresionistas alemanes de principios del siglo XX, Rein Raamat hace su oda a la ciudad moderna, llena de edificios y asesinos seriales.

martes, 20 de septiembre de 2016

MARGARITA O LA BLANCA CERVATILLA

Romance anónimo francés
Traducción de Andrés Holguín

Romance francés antiguo con tintes fantásticos que André Breton debió haber incluido (y no lo hizo) en su Antología del humor negro.


Allá pasan por el bosque.
Va la madre con la hija.
La madre canta un cantar,
pero la niña suspira.
-“¿Qué te hace suspirar?
¿Por qué lloras, Margarita?”

-“Es que sufro sin decirlo.
Soy una joven de día,
pero de noche me vuelvo
una blanca cervatilla;
condes y duques me siguen,
cazadores y jaurías,

y el que más me acosa, madre,
es mi hermano Roldanías.
Anda, pronto, madre, pronto,
dile que no me persiga,
dile que amarre sus perros
hasta que amanezca el día”.

-“Roldanías, ¿dónde tienes
tus pajes y tus jaurías?”
-“Están en el bosque, madre,
tras de blanca cervatilla”.
-“Deténlos, hijo, deténlos,
¡deténlos, por vida mía!”

Con su cuerno plateado
llama tres veces seguidas.
A la tercera llamada
cazan a la cervatilla.
-“Mandemos despellejarla
y servirla a la comida”.

Dice el que la despelleja,
bien oiréis lo que decía:
-“Tiene rubios los cabellos,
tiene el seno de una niña”.
Saca el cuchillo del cinto
y en trozos la descuartiza.

Ofrecen una gran cena
al rey y su comitiva.
-“Estamos todos reunidos;
sólo falta Margarita”.
-“Yo me senté de primera.
Empezad vuestra comida;

mi cabeza está en la fuente
y mi carne en la vajilla;
mi sangre está derramada,
fresca aun, en la cocina;
y entre ascuas, mis pobres huesos
se queman en la parrilla”.

viernes, 16 de septiembre de 2016

LAS INQUIETANTES ESCULTURAS DEL AYUNO DE BUDA

 En el museo de Lahore, en Punjab, Pakistán, se encuentra la que tal vez sea la imagen más conocida de Buda ayunando, realizada allá por el siglo II antes de Cristo, en Gandhara, durante la dinastía Kushan:
*

jueves, 15 de septiembre de 2016

VASKO POPA: 7 POEMAS

En el programa de hoy de Transcribiendo y pirateando (spin-off de la exitosa Escaneando y pirateando), 7 poemas de Vasko Popa (Васко Попа. Serbia -antes Yugoslavia-, 1922-1991), copiados en la biblioteca pública de mi pueblucho del libraco Poesía, publicado por el Fondo de Cultura Económica en 1985, con traducciones de Juan Octavio Prenz y un “imprólogo” en verso de Octavio Paz.


EL NÚMERO OLVIDADIZO

Había una vez un número
Puro y redondo como el sol
Pero solo muy solo

Comenzó a calcular consigo

Se dividía se multiplicaba
Se restaba se sumaba
Y siempre quedaba solo

Dejó de calcular consigo
Y se encerró en su redonda
Y soleada pureza

Afuera quedaron ardientes
Las huellas de sus cálculos

Comenzaron a perseguirse en la oscuridad
A dividirse cuando se multiplican
A restarse cuando se sumaban

Como sucede en la oscuridad

Y no hubo quien le rogara
Que detuviera las huellas
y las borrara



EL ERROR ARROGANTE

Había una vez un error
Tan ridículo tan pequeño
Que nadie lo hubiera percibido

No quería
Ni mirarse ni oírse

Qué no imaginó
Para mostrar
Que en realidad no existía

Imaginó el espacio
Donde alojar sus pruebas
Y el tiempo que las cuidara
Y el mundo que las viera

Todo cuanto imaginó
No era ni tan ridículo
Ni tan pequeño
Pero era naturalmente erróneo

¿Podría ser de otro modo?



CUENTO SOBRE UN CUENTO

Había una vez un cuento

Terminaba
Antes de comenzar
Y comenzaba
Después de terminar

Sus héroes entraban
Después de su muerte
Y salían
Antes de nacer

Sus héroes hablaban
De algún país o algún cielo
Hablaban de todo

Sólo no hablaban
De aquello que ni ellos sabían
Que eran sólo héroes de un cuento

De un cuento que termina
Antes de comenzar
Y comienza
Después de terminar


CANCIÓN DE LA JOVEN VERDAD

Cantaba la verdad en lo oscuro
En la cumbre del tilo en medio del corazón

El sol madurará decía
En la cumbre del tilo en medio del corazón
Si los ojos lo iluminan

Nos reímos de la canción
Atrapamos y sujetamos la verdad
Y bajo el tilo la degollamos

Los ojos estaban ocupados
Afuera en otra oscuridad
Y nada vieron


NADERÍA

Dormías nadería
Y soñabas que eras algo

Algo se encendió
La llama se retorció
En ciegas penas

Te despertaste nadería
Y calentaste la espalda
En la llama del sueño

No viste las penas de la llama
Los mundos enteros de las penas
Corta de vista es tu espalda

Nadería de nuevo te dormiste
Y soñaste que no eras nada

La llama se apagó
Las penas abrieron los ojos
Y se apagaron bendecidas



EN LA ALDEA DE MIS ANCESTROS

Alguien me abraza
Alguien me mira con los ojos de un lobo
Alguien se quita el sombrero
Para que pueda reconocer mejor su aspecto

Cada uno me pregunta
Sabes cómo estoy unido a ti

Desconocidos ancianos y mujeres
Se apropian los nombres
De muchachos y muchachas de mi memoria

Le pregunto a uno de ellos
Dime por amor de Dios
Si George el Lobo todavía vive

Ese soy yo, responde desde un
Mundo casi venidero

Yo toco sus mejillas con mi mano
Y le imploro con mis ojos
Que me diga también si todavía
Yo vivo.



De
DEVUÉLVEME MIS TRAPITOS
(1955)

Negra sea tu lengua negro tu mediodía negra tu esperanza
Sea todo negro menos mi honor blanco
Esté mi lobo en tu garganta

Sea la tormenta tu lecho
Mi miedo la almohada
Ancho tu campo de desasosiego

Tu aliento de fuego tus dientes de cera
Ahora mastica glotón
Mastica cuanto quieras

Sordo sea tu viento sordo sordas flores de ceguera
Sea todo sordo menos mi fuerte rechinar de dientes
Mi halcón esté en tu corazón

Terror tu madre sea desolación 

martes, 13 de septiembre de 2016

ESCULTURAS CON HUESOS DE RICARDO LONGHINI Y ALBERTO HEREDIA

(Arriba: Ricardo Longhini)

Esta semana, la sección más enferma y decadente del blog, CAITE CADAVER - ARTE CON RESTOS DE MUERTOS, presenta la obra de 2 escultores argentinos que trabajan con huesos reales.
La historia y la memoria son temas recurrentes en los ensamblajes de RICARDO LONGHINI. Por eso no extraña que se valga de objetos viejos y encontrados. En alguna ocasión hizo una escultura con casquillos de bala que se encontró luego de la violenta represión a una manifestación política. En otra, aprovechó pipas artesanales usadas para fumar pasta base y candados violados durante robos.


DE LA SERIE DEMOCRACIA  ARGENTINA
Así los recordará el pueblo, 2004. Huesos de ganado de Sonne, trochador, hierros:
Entre la realidad y el deseo, 1989/2003. Cadenas, sierra, puente de mando de la favorita Don Enrique:
Pampita… argentina?, 2004/2005. Sierra, alambre de púas israelí, clavos, chapa plegada, madera de California, ombú:

DE LA SERIE EL FRACASO DE LA MEMORIA HUMANA
Miente miente, que algo quedará, 2004/2005. Cuchillas de carnicero, carteles esmaltados, foto esmaltada de A.SH., huesos de ganado, madera, hierro:
La juventud, 1972:
(Imágenes del libro Ricardo Longhini. Democracia argentina - El fracaso de la memoria humana. 2005, Asunto Impreso Ediciones.)

Los tótems, banderas y relicarios de Longhini, hechos con huesos y hierros, son en parte descendientes de los monstruos dientudos que Alberto Heredia (1924-2000) elaboraba en los años 70, en sus series de Los Amordazamientos y Las Lenguas:

viernes, 9 de septiembre de 2016

JOSEPH BRODSKY: CAPADOCIA

Un poema del último -y póstumo- libro de Joseph Brodsky, Etcétera (So Fort, 1996).
Brodsky (1940-1996) fue un poeta ruso ganador del premio Nobel de literatura en 1987. En “Capadocia”, hace gala de su habitual ironía para contarnos sobre una antigua guerra (año 89 a. C.) parecida a todas las guerras.
Traducción de Alejandro Varelo (Cátedra, 1998).



CAPADOCIA

Ciento cincuenta mil guerreros de Mitrídates, rey del Ponto
-caballería, arqueros, armaduras, espadas, lanzas, cascos, escudos-,
entran en un territorio extranjero llamado Capadocia.
El ejército se ha extendido en varias millas. Los jinetes lanzan alrededor
miradas tenebrosas, siniestras. El espacio, avergonzado de su desnudez,
siente que, con cada paso, lo lejano se convierte con prudencia
en cercano. Sobre todo en las montañas, cuyas
cumbres, igualmente cansadas del púrpura
del alba, del lila del crepúsculo, del albornoz de las nubes,
ganan, debido a la mirada penetrante de los extranjeros, agudeza
marmórea, si no claridad. El ejército parece
desde lejos como un río que serpentea por las piedras,
cuyo nacimiento hace lo que puede para no rezagarse de su 
    desembocadura,
que, a su vez, vuelve la vista de vez en cuando para ver su manantial
    rezagado.
Y cuanto más hacia el este se dirigen las tropas, más se convierte este
    terreno
escaso –como si se mirara a un espejo desde su caos fangoso y perdido-
temporalmente en un fondo impasible y sublime
de la historia. Muchos pies que se arrastran,
maldiciones, tintineo de arreos, de estribos al chocar con la vaina,
alboroto, un bosque de espadas. De repente, con un grito
entrecortado, el escolta de a caballo se queda congelado; ¿es un fantasma, 
    o…? 
En la lejanía, sustituyendo al paisaje, cubriendo toda la meseta,
aparecen las legiones de Sila. Sila, olvidándose de Mario,
trajo aquí las legiones para aclarar a quién,
a pesar del estigma de la luna de invierno,
pertenece Capadocia. Habiéndose detenido, el ejército se está
preparando ahora para la batalla. La meseta, amplia y pedregosa,
por última vez parece un lugar donde nadie ha muerto.
Chispas de hoguera, explosiones de risa, de cantos como “El zorro era 
   astuto”.
Estirado en la piedra desnuda, el cuerpo fornido del rey
Mitrídates contempla el pecho perenne y lechoso, los tendones,
los bucles mojados, los muslos suaves, el torso de un sueño.

Lo mismo contempla el resto de su tropa y también
las legiones de Sila. Lo que demuestra, al menos,
no la falta de elección sino la plenitud de la luna. En Asia
el espacio tiende a ocultarse de sí mismo, y de la frecuente
embestida de la monotonía, en su conquistador; por lo general
en la cabeza, la armadura, la barba que, para facilitar las cosas,
envuelve con la luz de la luna. Bajo este manto plateado
las tropas ya no son un río orgulloso
de su longitud sino un lago manejable cuya profundidad, en apariencia,
es exactamente lo que el espacio, al vivir aquí recoleto, necesita,
ya que esa profundidad es proporcionada a las muchas leguas recorridas.
Por ese motivo a menudo los partos, a veces los romanos (actualmente
ambos) se introducen en Capadocia. Los ejércitos son
esencialmente agua, sin la que ni las mesetas ni las
montañas sabrían cómo son de perfil, y mucho menos

en face. Dos lagos dormidos, con el mismo trozo de carne flotante
en su interior, brillan por la noche como el triunfo de flora sobre
fauna, con el objeto de fundirse, al amanecer,
en un barranco y convertirse en un espejo común muy apropiado
para poseer toda Capadocia: rocas, lagartos, cielos… salvo el óvalo
de nuestros rostros. Sólo, quizá, una gran
águila en la oscuridad de la altura, acostumbrada a las alas y al pico,
sabe lo que hay en el futuro. Mirando hacia abajo con total
apatía, normal en las aves –pues, al contrario que un rey,
un ave es repetible-, un águila que se cierne
sobre el presente se cierne naturalmente sobre el futuro
y, por supuesto, sobre el pasado: en la Historia, en su tardía
representación, en la fricción –la forma en que suena-
de algo temporal contra algo
permanente, de la forma en que las cerillas rayan

el papel de lija, un sueño la realidad, las tropas un terreno. En Asia
los amaneceres son rápidos. Algo gorjea. En cuanto
te levantas, un temblor te recorre la columna vertebral
e infecta de frío a las sombras obstinadas, que se aferran a la tierra,
soñolientas, de patas largas. La neblina lechosa
del amanecer con sus toses, relinchos, bostezos y frases a medias,
con su ruido de armaduras, ordena que se levanten.
Y observado por medio millón de ojos,
el sol pone en movimiento miembros, lanzas, todo tipo de metal afilado,
jinetes, soldados de a pie, arqueros, carros. Los cascos brillan
y las tropas marchan unas contra otras como las líneas
de un libro cerrado  de golpe por la mitad;
como, más apropiadamente, dos espejos, dos escudos; como dos
rostros, dos partes de la suma, en vez de la summa
que da como resultado la diferencia y que resta a Sila
de Capadocia. Cuya hierba –que tampoco nunca
supo qué aspecto tiene- gana más que nadie
de los gritos, el estruendo, el ruido, la sangre coagulada
de estos choques y empujones, mientras sus ojos verdes estudian
detenidamente los añicos de una legión destrozada
y de los partos caídos. Agitando ampliamente su aguda espada, el rey
Mitrídates, sin pensar en nada,
cabalga hacia adelante en medio del caos, de las armas cruzadas, del jaleo.
La batalla parece desde lejos como un “aaagh” cincelado en piedra,
o como el azogue de un espejo que se ha vuelto
loco al ver a su brillante doble.
Y con cada cuerpo que cae desde las filas encima de este claro pedregoso,
el terreno, semejante a una brizna taciturna,
pierde su agudeza, se enturbia en el sur y se enmohece
en el este; la silueta parece recuperar su justo
reinado. Así es como los caídos se llevan al otro mundo
su trofeo: los rasgos de una Capadocia de nadie.

1992
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